Muchos consumidores han encontrado un hueco para la compra de
productos de proximidad (vinculados al territorio) de temporada más variados y
sabrosos. Esto explica la aparición de un comercio que prestigia la ausencia de
intermediarios, la venta directa, las tiendas especializadas o los mercados de
payés. Una prueba es el éxito de las cooperativas de consumo, agrupaciones que canalizan sus
compras semanales de frutas, verduras y legumbres a productores agroecológicos,
mediante un procedimiento que permite recibir un cesta en casa con los
alimentos de temporada servidos por productores de confianza.
La conciencia de la
huella ecológica de la producción de carne (lo que supone el uso de fertilizantes,
pienso, riego, combustibles...) empieza a penetrar en la escala de valores del
consumidor. No pocos "urbanitas" cultivan su huerto (en la terraza o azotea) como
símbolo de la vuelta a lo rural, lo local, y en un anhelo de consumo más
austero y racional. El embrión de los cambios en pro de un modelo energético
limpio –que hasta incluya el autoabastecimiento– está en el éxito de empresas y
cooperativas comercializadoras de electricidad verde.
“Se aprecia un interés
creciente por acercarse a la naturaleza, no sólo por motivos recreativos y
deportivos (senderismo, hiperfrecuentación de los parques…), sino porque los
espacios naturales permiten el silencio y la contemplación y porque cada vez
nos damos más cuenta de la fuerza del cordón umbilical que nos une a la tierra.
Reconectar con la naturaleza es una manera de reconectar con nosotros mismos”,
dice el filósofo Pigem. En la misma línea apunta la creciente sensibilidad por
la defensa de los animales (en espectáculos o experimentación) y para reivindicar
mejoras en sus condiciones de bienestar (en granjas, prohibición de
sacrificios...).

