miércoles, 29 de marzo de 2017

Somos lo que comemos



Muchos consumidores han encontrado un hueco para la compra de productos de proximidad (vinculados al territorio) de temporada más variados y sabrosos. Esto explica la aparición de un comercio que prestigia la ausencia de intermediarios, la venta directa, las tiendas especializadas o los mercados de payés. Una prueba es el éxito de las cooperativas de consumo, agrupaciones que canalizan sus compras semanales de frutas, verduras y legumbres a productores agroecológicos, mediante un procedimiento que permite recibir un cesta en casa con los alimentos de temporada servidos por productores de confianza.

La conciencia de la huella ecológica de la producción de carne (lo que supone el uso de fertilizantes, pienso, riego, combustibles...) empieza a penetrar en la escala de valores del consumidor. No pocos "urbanitas" cultivan su huerto (en la terraza o azotea) como símbolo de la vuelta a lo rural, lo local, y en un anhelo de consumo más austero y racional. El embrión de los cambios en pro de un modelo energético limpio –que hasta incluya el autoabastecimiento– está en el éxito de empresas y cooperativas comercializadoras de electricidad verde.
“Se aprecia un interés creciente por acercarse a la naturaleza, no sólo por motivos recreativos y deportivos (senderismo, hiperfrecuentación de los parques…), sino porque los espacios naturales permiten el silencio y la contemplación y porque cada vez nos damos más cuenta de la fuerza del cordón umbilical que nos une a la tierra. Reconectar con la naturaleza es una manera de reconectar con nosotros mismos”, dice el filósofo Pigem. En la misma línea apunta la creciente sensibilidad por la defensa de los animales (en espectáculos o experimentación) y para reivindicar mejoras en sus condiciones de bienestar (en granjas, prohibición de sacrificios...).

Los productos bío dan el salto



Fruto de la mayor sensibilidad ecológica es la irrupción de un consumidor nuevo urbano, preocupado por la salud, el bienestar y el medio ambiente y que explica el despegue en España del consumo de productos con el sello biológico o ecológico. Cuando la crisis azota más duramente, los comercios de estos productos viven un momento dulce, incluso, de esplendor. El retrato robot del cliente presenta a una mujer que vive en una gran ciudad, de unos 40 años, con hijos, alto poder adquisitivo y con un nivel cultural superior a la media.


El público es muy amplio: incluye los más ecologistas y los que se preocupan mucho de la salud, pero se aprecia cada vez más un incremento de personas que, al nacer sus hijos, buscan la mejor alimentación para los pequeños. Hace unos años, la alimentación ecológica era un coto de personas concienciadas, activistas, vinculadas a posturas políticas, sociales, económicas y/o espirituales alternativas y muy minoritario. Hoy, la mayoría de los consumidores bío son personas corrientes, no sólo 'connaisseurs'. La oferta es cada vez más variada y llega a segmentos muy específicos: algas, setas, leche sin lactosa, productos sin gluten, para diabéticos… Todo puede llevar ya el sello ecológico para garantizar que el cultivo estuvo exento de insecticidas o herbicidas.

Sabemos que cuando alguien se pasa a la alimentación ecológica, no la deja fácilmente. El bío es un consumidor fiel. Hay quien incluso actúa movido por una austeridad práctica para compensar los precios más elevados de los alimentos ecológicos. Un menú bío podría ser una ensalada, una tortilla de patatas, una fruta o un yogur orgánico. Y saldría más barato que un menú con un primer plato con embutidos, un pescado y/o marisco y un postre de repostería.
"Mens sana in corpore sano"