Fruto de la mayor sensibilidad ecológica es la irrupción de un
consumidor nuevo urbano, preocupado por la salud, el bienestar y el medio
ambiente y que explica el despegue en España del consumo de productos con el sello
biológico o ecológico. Cuando la crisis azota más duramente, los
comercios de estos productos viven un momento dulce, incluso, de esplendor. El
retrato robot del cliente presenta a una mujer que vive en una gran ciudad, de
unos 40 años, con hijos, alto poder adquisitivo y con un nivel cultural
superior a la media.
El público es muy amplio: incluye los más ecologistas y los que
se preocupan mucho de la salud, pero se aprecia cada vez más un incremento de
personas que, al nacer sus hijos, buscan la mejor alimentación para los
pequeños. Hace unos años, la alimentación ecológica era un coto de personas
concienciadas, activistas, vinculadas a posturas políticas, sociales,
económicas y/o espirituales alternativas y muy minoritario. Hoy, la mayoría de
los consumidores bío son personas corrientes, no sólo 'connaisseurs'. La oferta
es cada vez más variada y llega a segmentos muy específicos: algas, setas,
leche sin lactosa, productos sin gluten, para diabéticos… Todo puede llevar ya
el sello ecológico para garantizar que el cultivo estuvo exento de insecticidas
o herbicidas.
Sabemos que cuando
alguien se pasa a la alimentación ecológica, no la deja fácilmente. El bío es un consumidor fiel. Hay quien incluso actúa movido por una
austeridad práctica para compensar los precios más elevados de los alimentos
ecológicos. Un menú bío podría ser una ensalada, una tortilla de patatas, una fruta
o un yogur orgánico. Y saldría más barato que un menú con un primer plato con
embutidos, un pescado y/o marisco y un postre de repostería.
"Mens sana in corpore sano"

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