Los ciudadanos están más y mejor informados sobre los problemas
que acechan al medio ambiente. Asuntos que hace años eran de interés
minoritario son hoy cuestiones centrales o de interés general (como el cambio climático, la desaparición de especies,
la contaminación química...).
Pero en el reverso de la moneda está el hecho de que muchos indicadores
ambientales han ido a peor. “Aumentan el conocimiento y la información, pero
crece el abismo entre lo que sabemos y la inercia del sistema en lo económico,
lo político y las opciones de consumo. Todo ello hace difícil que las opciones
ecológicas se abran paso. Aumenta el consumo ecológico, pero en conjunto crece mucho más el
consumo antiecológico”, apunta el filósofo Jordi Pigem.
Hemos
hecho bastantes progresos en ahorro de agua y de energía, la separación de residuos
o en buenos hábitos de consumo, pero son insuficientes para revertir la
situación a escala global. “Predomina la tendencia a mirar hacia otra
parte, a hacer oídos sordos y a esconder la evidencia bajo la alfombra del
optimismo tecnocrático, en espera de que algún milagro nos permita seguir
adictos al materialismo”, dice Pigem.
Hay que
hablar claro a la gente sobre la gravedad de las consecuencias de continuar con
nuestros actuales modelos de vida basados en energías fósiles y sobre la
necesidad urgente de adoptar nuevas pautas en el transporte, la agricultura
industrial o las formas de alimentarnos y de desplazarnos... que permitan
mitigar los efectos de un cambio climático que ya está en marcha.

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